Cuando los padres
observan que su hija/o no tiene unos rendimientos académicos
satisfactorios y que más bien rehúye las situaciones de estudio y
aprendizaje, comienzan a inquietarse y a buscar la solución: van de un
sitio a otro hasta que alguien le da el diagnóstico: ”Tiene déficit
de atención”.
Es muy frecuente que la madre vaya al colegio diciendo: “Me dijeron que tiene esto y aquello”, que parafraseado quiere decir “ya sabemos cuál es el problema, y ahora el colegio que aplique la solución” (vamos, que se ponga las pilas).
Si planteamos la
problemática con más panorámica, utilizando la perspectiva
histórica, vemos que esa misma actitud ya se produjo con otros
conceptos diagnósticos a medida que se fueron incorporando al campo
psicopedagógico, como es el caso más paradigmático de la dislexia:
quién no recuerda la típica frase “es que tiene dislexia”…
El problema deriva por
seguir el criterio americano aplicado al DMS-IV, caracterizado por
hacer un diagnóstico amparado en unos observables o síntomas: estos
se trasladan a un cuestionario y si se cumplen por un espacio de seis
meses, ya está confirmado el diagnóstico.





